José Meolans
  Nota Revista La Nación
 

Domingo 15 de febrero de 2004 

Entrevista

José Meolans: una vida en el agua
 Nació en Córdoba, ensayó sus primeras brazadas a los 5 años y ahora, a los 25, es uno de los mejores nadadores del mundo. Practica un deporte amateur y, sin embargo, rechazó una interesante oferta para competir por España porque no quiere dejar de hacerlo por su país. Ahora, su obsesión es traer una medalla de los próximos Juegos Olímpicos de Atenas, en agosto. Para lograrlo, asegura, está en su momento de mayor madurez
 
  

 

Es uno de los días más agobiantes del verano porteño, con más de 35ºC a la sombra. Todos transpiran en el Club Estrella de Maldonado, en Palermo, salvo los afortunados que están en la pileta: madres con hijos que dan sus primeras brazadas, grupos de adolescentes que charlan con el agua hasta el pecho, chicos con barrenadores y, créase o no, José Meolans, el mejor nadador argentino y uno de los más veloces del mundo, que hace interminables largos de crawl como parte del entrenamiento para su próxima competencia internacional.

-Es un tipo todo terreno, se adapta a cualquier cosa, y por eso es tan querido. Si hay algo que lo define, es su humildad. Lo conozco desde hace años, cuando él empezaba, y siempre tuvimos el mismo trato. Debería servir de ejemplo para aquellos que se la creen -dice Pablo Fajian, encargado de la pileta y profesor de natación, que fue compañero de equipo de Meolans a principios de los años 90 y que ahora, desde afuera, lo mira deslizarse en el agua.

¿Quién podría imaginar a un Maradona consagrado entrenando en un potrero de barrio, rodeado de pibes que hacen su picadito? ¿O a un Nalbandian dándole a la pelotita derecho, para no interferir con el peloteo del vecino? Pocos, quizá. Lo mismo podría ocurrir con un nadador de prestigio internacional entrenando en un club de barrio. Pero allí está Meolans, yendo y viniendo por un estrecho callejón de agua en medio del bullicio y de algunos bañistas distraídos que, de tanto en tanto, incursionan en su andarivel y provocan la inmediata intervención de Orlando Moccagatta, el entrenador del deportista, que sigue a su pupilo con ojo clínico.

Imperturbable, Meolans nada. Es lo que ha hecho toda su vida. Esas brazadas no son en esencia tan distintas de las que ensayaba aquel rubiecito que a los 5 años aprendía a flotar en la pileta de su abuelo Eliseo, allá en Morteros, a 280 kilómetros de su Córdoba natal. Tampoco de aquellas con las que, tras cansarse de batir récords, conquistó el campeonato mundial de 50 metros libre en Moscú hace dos años, cuando recorrió esa distancia en 21 segundos y 36 centésimas. Ni de las que podrían llevarlo al podio en los Juegos Olímpicos, en agosto próximo, donde buscará la medalla dorada que le es esquiva al deporte argentino desde 1952.

-Atenas me quita el sueño. Mi obsesión es una medalla -dice Meolans, una vez que su cuerpo de 1,95 m y 91 kg emerge para hablar con la Revista.

Paso a paso. Así construyó su carrera esta suerte de vikingo tan largo como fibroso que, pese a su timidez y reserva -o quizá por eso mismo, entre otras cosas- despierta arrebatados suspiros femeninos. En buena medida avanzó a pulmón, y a veces hasta nadando contra la corriente, en un país donde la natación es un deporte amateur y donde los atletas muchas veces no reciben el apoyo oficial que merecen. A los 25 años, flamante ganador de los 100 m libre en Berlín el mes último, dice que está en su mejor momento.

En el principio fue el agua. Pero en forma de río. Porque en Villa Carlos Paz, frente a la casa de verano de la familia, corría el San Antonio, en cuyo fluir le gustaba mojarse al pequeño José. La pileta de su abuelo, en Morteros, también era un imán para el pichón de nadador.

-Mis padres y abuelos tenían miedo de que me tirara al agua y me pasara algo -recuerda.

Quien tomó el guante fue su abuelo paterno. Angel le pidió a Jorge Tossolini, un joven recién recibido de profesor de educación física, que le enseñara a nadar a su nieto. Dice la leyenda que a los dos días el chico ya flotaba. A los diez, aprendió los rudimentos del crawl. Todo fue tan rápido que a las pocas semanas, con la autorización de mamá Isabel, Tossolini lo llevó al Club Tiro Federal a correr la primera carrera de su vida.

Cuando dieron la largada, José se tiró y empezó a nadar pecho. Ante los gritos de Tossolini paró, vio que los demás nadaban crawl y empezó a recuperar el terreno perdido braceando a lo loco. Terminó entre los primeros. "¡Bien, José, hasta las Olimpíadas no paramos!", le dijo proféticamente su madre mientras lo envolvía en una toalla.

Tras mostrar semejantes condiciones, la natación pasó a ser el centro de su vida. En Córdoba capital se sumó al equipo de Daniel y Horacio Garimaldi, en la Asociación Gabriel Taborín. Los éxitos deportivos se sucedieron, y mientras los entrenamientos se volvían más exigentes con los años, se iba recortando el tiempo libre de ese chico que, como cualquier otro, disfrutaba de jugar al fútbol (es fanático de Belgrano de Córdoba), de salir con los amigos, de la música de Soda Stereo o, simplemente, de estar con su familia.

-De los 12 a los 20 años me levantaba a las 4 de la mañana para entrenar. Hasta los 15 nadaba de 4.30 a 6.30 y después me iba al colegio hasta mediodía. A la siesta hacía gimnasia, y a la tarde nadaba otras dos horas. No podía hacer la vida de un chico normal. Llegaba a mi casa que no daba más, muerto. Sólo los fines de semana tenía tiempo libre.

-¿Sentías ese sacrificio?

-Sí, seguro. Uno deja cosas de lado. Pero llegar a niveles de competición altos exige sacrificios, y no me arrepiento. Me empecé a tomar esto en serio a los 15 años. Antes no era muy consciente de lo que hacía. Pero a esa edad me di cuenta de que empezaba a competir en torneos cada vez más importantes.

Entonces fue cuando convenció a sus padres y dejó el colegio para dedicarse al deporte tiempo completo.

-La carrera de nadador no es larga, y así tuve más horas para entrenar e incluso para descansar mejor. Hice grandes progresos, pero no se lo recomiendo a nadie -previene-. Para mí el secundario es fundamental.

Mirada celeste

Tres mujeres ya mayores se arriman al borde de la pileta, cerca del banco donde conversan este cronista y el nadador. Una de ellas se anima y le dice que lo sigue en sus competencias. Otra le dice que no afloje, ante la mirada cómplice de la tercera, que asiente en silencio. Meolans agradece. Y se le adivina una cuota de incomodidad oculta en esa sonrisa franca y en esa mirada celeste que resultan una recompensa más que suficiente para las admiradoras.

La sola pregunta de si lo reconocen por la calle lo incomoda. Ante la insistencia, admite que eso le ocurre más seguido en Córdoba. Allí es ídolo. Las chicas le envían cartas y ositos de peluche. Pero el nadador se resiste a detenerse en las reacciones que despierta en el sexo opuesto.

-Dicen que sos tímido...

-Sí, puede ser. Me abro con los demás sólo cuando existe una verdadera confianza.

Está de novio desde hace más de un año y medio, pero prefiere no hablar mucho de su vida privada. Ella se llama Sandra, es visitadora médica y de Córdoba, adonde él -que vive en Buenos Aires en el Centro Nacional de Alto Rendimiento Deportivo (Cenard)- la visita los fines de semana en que el calendario de competencias se lo permite.

-¿Va con vos en los viajes?

-No, pero estamos siempre comunicados por teléfono o mail. Mis viejos me acompañan cuando pueden, pero eso ahora, con el cambio de moneda, se hizo más difícil.

Se sabe: un nadador de primera línea no gana lo mismo que un futbolista o un tenista de categoría equivalente. Por lo menos en la Argentina. Los ingresos de Meolans -que ahora nada para el Club River Plate- llegan de las empresas que lo auspician, de los premios en los torneos de Copa del Mundo ("son insignificantes; nada, comparado con los del tenis", dirá su entrenador) y de aportes oficiales.

-¿Se puede decir cuánto ganás al año?

-Prefiero no decirlo.

-¿Vas a poder vivir de eso cuando te retires?

-No (se ríe)... Voy a tener que trabajar de otra cosa.

Pero el nadador no se queja. Más que eso: ha rechazado la oferta de nadar para un club español y de representar a España por 12.000 dólares mensuales.

-Por el lado económico era favorable -dice-. Pero me tenía que alejar de mi entorno, de mi familia, de mi entrenador, cambiar de vida. Además, tenía que cambiar de nacionalidad. Y yo soy argentino, nací en este país y debo representarlo. Subir a un podio, ver la bandera y escuchar el Himno es inolvidable.

Así, Meolans no sólo renunció a un futuro asegurado, sino también a las mejores condiciones en las que entrenan los atletas de elite en los países más desarrollados. No es poco, y baste un botón de muestra: luego de que el fotógrafo de la Revista hiciera las tomas que ilustran esta nota, Moccagatta le pidió ver una secuencia de fotos de la zambullida de su pupilo, para ajustar los movimientos de su salida, decisiva en las competencias. Un recurso elemental para nadadores de otras latitudes, que Meolans no suele tener a mano.

Porque la natación es un deporte de precisión. Se trata de zambullirse y llegar primero, sí, pero cada movimiento es crucial. Hay centésimas de segundo entre la victoria y la derrota. Una brazada hace la diferencia. A tal punto que en agosto, cuando suba al cubo de largada en Atenas, Meolans se habrá afeitado el cuerpo, para avanzar sin resistencia en el agua. Y entonces, en 21 o 22 segundos, pondrá en juego años de trabajo.

-Llego a los Juegos Olímpicos con una muy buena edad y experiencia (ya participó en los de Atlanta, en 1996, y en los de Sydney, en 2000, en los que no obtuvo medallas). Además estoy psicológicamente maduro. Creo que llego en mi mejor momento.

En el pecho, justo sobre el corazón, lleva inscripto su sueño: los cinco anillos olímpicos que se tatuó antes de competir en Atlanta 96.

El sol declina. La pileta del Estrella de Maldonado quedó sin bañistas. Entonces dice:

-El agua es el medio en el que paso cinco horas por día. Es parte de mi vida.

Su mirada es transparente, como el agua. Y en sus maneras tranquilas hay una suerte de densidad que, también como el agua, se escurre entre los dedos si uno quiere apresarla con preguntas.

Para saber más
www.josemeolans.com
www.athens2004.com

Por Héctor M. Guyot

Perfil

  • José Meolans nació el 22 de junio de 1978, en Córdoba. Es hijo de Isabel y de Raúl, y tiene una hermana, Laura.


  • El logro más importante de su carrera fue en abril de 2002, en Moscú, cuando se consagró campeón mundial de los 50 m libre (piscina corta), con un tiempo de 21s36/100.


Dos días después, conquistó la medalla de plata en los 100 m libre, apenas una décima por detrás del australiano Ashley Callus. Meolans ya había sido subcampeón de los 50 m libre en el Mundial de Hong Kong, en 1999, apenas tres centésimas por detrás del británico Mark Foster.

  • Participó en dos Juegos Olímpicos (Atlanta 96 y Sydney 2000). En Australia, fue 10º en los 100 m libre y se quedó fuera de la final por 11 centésimas.


  • Hasta enero último, llevaba ganadas diez medallas doradas en etapas de la Copa del Mundo.


  • Tiene vigentes 16 récords argentinos, en piscina corta y larga, de los cuales cuatro son también plusmarcas sudamericanas.


  • En 1997, con 19 años, fue premiado con el Olimpia de Oro como el deportista argentino más destacado de la temporada.


 
 
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